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Democracia, Populismo y Pobreza

Los Venezolanos y su Democracia

El término " populismo " designa prácticamente la totalidad de la gama política tradicional de la sociedad contemporánea en América Latina.  En un principio, caracterizó a los movimientos conservadores que se opusieron a los cambios liberales representados por el desarrollo capitalista de fines del Siglo XIX.   Posteriormente, el término y su ideología,  asociados con la izquierda socialista,  fueron utilizado por los movimientos radicales anarquistas y fascistas de la primera mitad del Siglo XX.

Actualmente, el proyecto capitalista neoliberal, enemigo natural de las concepciones populistas, pretende convertirlo en sinónimo de demagogia.  Es este quizás el concepto que mejor corresponde a este movimiento social y político,  en particular en América Latina, en donde se clasifica como "populistas " a los gobiernos que no aceptan, en nombre de la independencia y de la soberanía nacional, las políticas impuestas desde el extranjero. Cuando esos mismos gobiernos aceptan aplicar estas políticas y fracasan, se les acusa de haber aplicado mal las reformas que desde el extranjero son consideradas necesarias.

En todo caso, para el hombre y la mujer de la calle, el término "populismo" representa el desprecio de las élites por el pueblo, las manipulaciones y los engaños que usan los gobiernos de esas élites para conducir las mayorías marginadas y decepcionadas con la finalidad de proteger los privilegios de las minorías que detentan el poder político y económico.  Entre las promesas populistas más frecuentes  destacan las reformas agrarias de los años 60, prometidas a los campesinos pobres latinoamericanos. Basándose en esta idea algo esquemática pero muy generalizada en América Latina, las Democracias Representativas de los años 80 y 90 fueron netamente "populistas", pues su fracaso muestra que no correspondían a las necesidades y a las exigencias de los pueblos electores, reiteradas veces engañados por sus dirigentes.

El caso venezolano es un buen ejemplo de un país en donde los gobiernos populistas de los años 80 fueron determinantes en su historia reciente.  En efecto, en 1989, el Presidente Carlos Andrés Pérez, recientemente electo por segunda vez Presidente de la República después de una campaña política pletórica de promesas populistas, como lo fue "Acabar con la pobreza", decidió aplicar  las medidas económicas de "reajuste estructural" preconizadas por el Fondo Monetario Internacional.  La aplicación de estas políticas económicas provocó un alza generalizada de los precios que condujo a rebeliones provocadas por el hambre (El Caracazo)  en las principales ciudades venezolanas y a la reacción del gobierno, quien hizo intervenir a las Fuerzas Armadas causando centenares de muertos entre los miles de manifestantes presentes en las calles y las zonas populares de Caracas.  En respuesta a los continuos fracasos de los partidos populistas y a los abusos cometidos durante "El Caracazo", surgió en el panorama venezolano un movimiento político y social popular liderizado por el actual Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez.

Desde hace siete años, nuestro país entró en un período de transformaciones profundas, tanto a nivel político como en los planos jurídico, económico y social.  ¡No seamos ingenuos!.  Todo proceso de transformación profunda de una sociedad es una fase difícil,  formada de esperanzas de progresos sociales, de satisfacciones y de progresos reales, pero también de conflictos, resistencias y, a veces, de crisis.  Hay que decir que  desde hace ya  treinta y cinco años oímos hablar de "crisis".  Recuerdo que esta palabra, ahora de uso corriente,  era objeto de análisis de los especialistas universitarios de los años 80.  Se decía entonces en los países industrializados que el desempleo y la inflación eran las características fundamentales de la crisis y los gobiernos aplicaban políticas para "salir del túnel", mientras en América Latina, en particular en los países del Sur, era la hora de los hornos, de los gorilas, de las dictaduras, de las violaciones de los derechos humanos, de la ausencia  de democracia.  En dos palabras, eran también tiempos de "crisis".   La situación política venezolana de esa época era poco conocida a nivel internacional.  Se negaba al pueblo las libertades fundamentales, - era el "efecto Venezuela" (país rico-pobre) -  y se violaban los derechos humanos. Era lo propio de los gobiernos  social-demócrata y demócrata-cristiano, democráticamente electos, que se alternaron en el poder desde los años 60. Nuestra "crisis", que se gestaba desde  hacía décadas,  estalló a fines de los años 80 cuando el gobierno populista de Carlos Andrés Pérez aplicó las medidas de reajuste estructural preconizadas por el Fondo Monetario Internacional.  Esas medidas provocaron un alza generalizada de los precios de la gasolina, de los alimentos básicos y de los servicios que condujo a la rebelión popular conocida bajo el nombre de "El Caracazo".   El Gobierno de Carlos Andrés Pérez utilizó los cuerpos policiales y las Fuerzas Armadas para controlar la situación provocando el asesinato de centenas de personas. Esta página negra de nuestra historia reciente dejó huellas profundas e indelebles en generaciones de venezolanos.

Digámoslo francamente.  Sólo en las sociedades sometidas a dictaduras y regímenes autoritarios los conflictos no surgen a la luz pública y son objeto de debate en los medios de comunicación y la vida política.  EL Premio Nóbel de Economía Amartya Sen analizó este fenómeno en los casos de hambruna.  En Venezuela, en donde el Gobierno Bolivariano ha emprendido reformas considerables, todas las tendencias se expresan para manifestar, una tras otra, sea su apoyo al proceso de cambios, sea su reprobación de las políticas aplicadas.  Es lo propio de todas las Democracias y de todas las sociedades abiertas, como ustedes bien lo saben.

 Yo incluso afirmaría que la gran mayoría del pueblo venezolano está construyendo una Democracia ejemplar, una Democracia que día tras día afianza aún más su legitimidad, esforzándose en defenderse de  sus adversarios sólo con las armas del derecho, la legitimidad adquirida por el sufragio libre y universal, la voluntad del pueblo inscrita en las páginas de un excelente documento aprobado por referéndum popular por primera vez en la historia venezolana: la Constitución Bolivariana.

¿Y los enemigos de la Democracia?  Existen en Venezuela, como en todas partes.  Eso también caracteriza a todas las Democracias jóvenes como la nuestra, en plena "crisis" de adolescencia, pues el llamado período "democrático" que nuestra generación vivió entre 1958 y 1998, durante los cuarenta años del pacto político entre el partido populista social-demócrata (Acción Democrática) y el partido demócrata-cristiano (Copei),   no tenía de democrático sino la apariencia.  Lo prueba el hecho de que estos partidos políticos no fueron capaces de responder a las legítimas aspiraciones del pueblo que en otros tiempos confió en ellos ni de formar dirigentes medianamente demócratas.  En efecto, numerosos políticos y diputados de la Asamblea Nacional de los partidos Acción Democrática, Copei y Primero Justicia, pero también ciertos intelectuales autodenominados de izquierda, no condenaron el Golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y apoyaron directa o indirectamente al pequeño grupo de militares disidentes de la Plaza de Altamira, manifestando así su profundo desprecio por la Democracia y por el pueblo venezolano.  El 12 y el 13 de abril de 2002, algunos diputados de la actual oposición política llegaron incluso a apoyar al usurpador Carmona cuando éste pronunció el decreto de disolución de la Asamblea Nacional.

Hace sólo cuatro años, el pueblo venezolano y las instituciones que él se dio de la manera más democrática posible, fueron víctimas de una agresión que pretendió aniquilar los derechos y las libertades democráticas heroicamente conquistados.  Todos sabemos lo que sucedió después, esa magnífica manifestación de respaldo de todo un pueblo a la legalidad, fruto de una construcción común, de una elaboración transparente, expresión masiva de su libre voluntad.   El pueblo venezolano afirmó claramente que no había retroceso posible.  El movimiento antidemocrático, de tendencia fascista, racista y retrógrada, culminó ese día sombrío de abril de 2002.   Pero se acabó.  No tengo ninguna duda.  En la Venezuela de hoy no hay cabida para intentonas golpistas.  Y debo decir que en América Latina no hay ya lugar para las dictaduras militares ni para la violación de los Derechos Humanos. Ya  eso forma parte del pasado de la dramática historia latinoamericana. Los pueblos latinoamericanos comienzan a andar, en Democracia,  otros senderos,  llenos de esperanza.

Eso es la verdad.  ¿Quién puede negarlo?  Nos enfrentamos al inmenso reto de la reconciliación nacional.  Es la tarea que emprendimos desde la elección del Presidente Hugo Chávez Frías, en 1998, trabajando para lograr más justicia social, pues encontramos un país profundamente dividido y enconado, con una pequeña minoría de privilegiados y una inmensa mayoría de venezolanos privados de las libertades fundamentales (salud, alimentación, vivienda, educación, energía, recreación), un pequeño paraíso rodeado de un gran infierno, un país al borde de la explosión social y de la ruina.  Esa misma tarea la retomamos más recientemente, después de los acontecimientos de Abril de 2002, en voz del Presidente Chávez, quien entabló un diálogo nacional sin ningún tipo de discriminación, consciente de que una sociedad no puede vivir durablemente en un clima de afrontamiento.  Este llamado al diálogo se dirigía a todos aquellos que no comparten las ideas de la mayoría política, a fin de que expresen su oposición a través de las numerosas vías democráticas que ofrece la Constitución, esa misma que los golpistas se apresuraron en abolir desde el mismo instante en que usurparon las más altas funciones del Estado.  En ese diálogo nacional participaron activamente la Organización de Estados Americanos (OEA), las Naciones Unidas y el Centro Carter.  El Secretario General de la OEA viajó varias veces a Venezuela en el cumplimiento de su misión y, finalmente, el 15 de agosto de 2004, en el marco de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la inmensa mayoría de los venezolanos, ejerciendo su derecho al voto por octava vez en 6 años, ratificó al Presidente Chávez en la Presidencia del país. Más recientemente, a fines de 2005, los venezolanos eligieron una nueva Asamblea Nacional y se preparan a las elecciones presidenciales de Diciembre de 2006.

Desde hace meses, una oposición desesperada, radicalizada y amplificada por el poder de unos medios de comunicación desprovistos de ética y de escrúpulos, retoma la ofensiva para imponer su punto de vista a todo el país.  El Gobierno y la mayoría combaten estas iniciativas con las armas de la política. ¡Eso es la Democracia!  Pero no hay que olvidar que toda Democracia se funda en un acuerdo tácito que reconoce el derecho a la existencia del adversario e implica que todos se sometan al dictamen del sufragio.  Cada vez que esas iniciativas han tenido lugar, hay quienes han estado tentados de recomenzar la aventura del 11 de Abril de 2002.  Pero cada vez han tenido que retroceder, prisioneros de sus propias contradicciones y, hay que decirlo, ante la poca receptividad de los venezolanos a sus posiciones.  Todos los venezolanos no son partidarios incondicionales del Gobierno, y está bien que así sea.  Eso no existe. Pero, en su inmensa mayoría, los venezolanos son partidarios de la Democracia.  Es en su marco que los venezolanos quieren construir su "buena gobernabilidad".  Pero ésta no se decreta, se construye paso a paso, progresivamente, sin apuros.  ¿Cuánto tiempo necesitaron los llamados países desarrollados para construir su "buena gobernabilidad"?

Nuestra "buena gobernabilidad" es, antes que nada, dar un nuevo contenido a la Democracia, pues para nosotros tiene que ser "participativa y protagónica".  En el 2004 la PNUD publicó un informe sobre las Democracias en América Latina en el que se afirma que más de la mitad de los latinoamericanos preferirían una dictadura a una Democracia, si un régimen autoritario pudiera resolver sus problemas económicos.  Otro informe del mismo año, de la empresa privada Latin-barómetro, llega a la misma conclusión, observando que, entre 1996 y 2004, el apoyo a la Democracia aumentó en Venezuela. ¿Existe una correlación directa entre esta constatación y el hecho de que en Venezuela estemos buscando una alternativa viable a la Democracia representativa?  El economista Amartya Sen afirma que la mejor solución contra el hambre es la Democracia.  Pues bien, en Venezuela, bajo el gobierno del Presidente Chávez, este principio se está haciendo realidad.  Intentamos dar el poder a los pobres.  Para disminuir la pobreza hay que aumentar la Democracia, y nuestra Constitución Bolivariana facilita la participación de las comunidades organizadas, basándonos en los principios de solidaridad y co-responsabilidad.  Los pobres se han asumido y el Gobierno bolivariano apoya y estimula sus iniciativas.    No hay otro camino.  La Democracia es también la única vía para combatir el terrorismo, aunque la miseria y el hambre hacen posible su existencia,  no hay terrorismos buenos y malos.  Hay un solo terrorismo, condenable, detestable, cobarde, pero, insisto, sólo podemos vencerlo con más Democracia.  Nosotros lo probamos en 2002, cuando los venezolanos y su Democracia hicieron fracasar un golpe de Estado y un sabotaje petrolero que contaban son el apoyo de las grandes potencias económicas extranjeras.

Las revelaciones del PNUD demuestran que los latinoamericanos ya no creen en un modelo democrático limitado a la representación política, que ignore los aspectos económicos, culturales, sociales y ambientales de la Democracia participativa y no refleje la voluntad popular.  Hace dos siglos, Simón Bolívar, El Libertador, ya decía que el mejor sistema de gobierno es el que aporta la mayor suma de bienestar, estabilidad y seguridad social a su pueblo.  A partir de ese principio de sentido común, nuestra Democracia se inspira en nuestras raíces históricas latinoamericanas y propone una integración política de América Latina y del Caribe fundada en los principios de cooperación solidaria, complementariedad y respeto a la soberanía.

Las Metas del Milenio constituyen un reto para nuestras Democracias en América Latina, en el Caribe y en el mundo.  Incluso si éstas nos parecen muy modestos, estas metas deben ser cumplidas, pues se trata de una gigantesca deuda social con los pueblos del mundo que a la vez esperan resultados concretos.  Pero la erradicación en el 2015 de la extrema pobreza en el mundo requiere una movilización internacional de gran envergadura, en la que los países ricos deberán cumplir su promesa de dedicar un 0,7% de su PIB de contribución para el desarrollo.  La República Bolivariana de Venezuela pone a la disposición los resultados obtenidos en la lucha contra la pobreza en siete años de esfuerzos constantes para realizar acciones conjuntas que permitan a otros países del continente compartir los beneficios de nuestra experiencia en las áreas de la lucha contra el analfabetismo y el acceso a la salud.    Ustedes ya saben que el año pasado la UNESCO declaró a Venezuela Territorio Libre de Analfabetismo, gracias a un excelente trabajo de cooperación educativa entre los gobiernos de Cuba y Venezuela.    Esta misma experiencia se repetirá en Bolivia bajo el gobierno del Presidente Evo Morales.  Además, Venezuela y Cuba firmaron recientemente un convenio de asistencia médica de emergencia en América Latina y el Caribe, que prevé la atención oftalmológica de 6 millones de personas en diez años (Misión Milagro).    En el marco de esta Misión, recientemente, el Presidente Chávez y el Presidente de Paraguay, Nicanor Duarte Frutos, firmaron un convenio para la atención médica de 15.000 paraguayos en un año. Por otra parte, en el marco de nuestra política de integración energética en América Latina y el Caribe, los ingresos y los recursos petroleros de Venezuela se han convertido en un instrumento de lucha contra la pobreza y de impulso para el Desarrollo Sustentable.

Por estas razones estoy más optimista que nunca, y debemos serlo todos. Independientemente de las orientaciones políticas de cada uno, la evidencia es incontestable.  Nuestro país necesita transformaciones profundas, es decir, una Democracia Revolucionaria.  Debemos  ser lúcidos y saber que no se puede tratar una sociedad económicamente dependiente, gravemente endeudada, con problemas estructurales profundos y un 80% de pobres con las mismas fórmulas y las mismas políticas que se aplican en los países industrializados del Norte.  Una vez más, como lo hacemos dentro de las fronteras venezolanas, lanzamos un llamado a nuestros amigos del Norte y en particular a los Canadienses, a realizar un trabajo en común, respetando nuestras diferencias y comprendiendo nuestras situaciones respectivas. Hasta ahora, Canadá y Venezuela han probado que una colaboración fraternal y beneficiosa para ambos países es perfectamente posible cuando el diálogo se basa  en el respeto mutuo. Históricamente, Canadá ha sido para nosotros una fuente de inspiración y hoy en día representa un  interlocutor de primer plano en el escenario internacional en las áreas política, social, cultural, económica y ambiental. Venezuela y más ampliamente América Latina y el Caribe, necesitan con urgencia a Canadá.  Compartimos los mismos principios fundadores de su modernidad, que recientemente les permitieron reafirmar su adhesión a los valores universales de progreso, de paz, de autodeterminación, de multilateralismo y de diversidad cultural, de independencia, de libertad y de soberanía.  Es una prueba más de que Venezuela ocupa hoy plenamente su lugar entre las Democracias mundiales.  La Democracia no es un privilegio de los países ricos. También en América Latina y el Caribe tenemos el derecho de nacer,  vivir,  desarrollarnos y morir en democracia.

Lejos de la desesperación de esas minorías que ven en el progreso de todos el fin de sus propios privilegios, lejos de las histerias y de las mistificaciones mediáticas de quienes pretenden que la voz de los poderosos es la única digna de ser oída, lejos de las contradicciones de quienes día tras día vociferan para denunciar la supuesta dictadura, la tiranía, el comunismo,  el terror, etc., sin darse cuenta de que sus actos constituyen la mejor prueba de lo absurdo de sus afirmaciones, lejos de la mala fe y de los prejuicios, les invito a compartir nuestro común amor de Venezuela  y a analizar los hechos y la realidad del país en su contexto histórico latinoamericano. En conclusión, Señoras y Señores, nuestra "crisis" corresponde a un momento de la historia en el que un sistema político exhausto, fundado en la Democracia Representativa, prolonga su agonía mientras se gesta su reemplazo.  Estimados amigos, hay que llegar al fondo de la realidad política latinoamericana y del Caribe., debajo de lo cotidiano, sepamos descubrir lo inexplicable.

Sin duda atravesamos una etapa difícil, pero lo peor ya pasó.  Después de la angustia y el dolor de hace algunos años, estoy seguro de que el pueblo venezolano está deseando retomar la construcción de esta revolución, no una "Revolución Tranquila", sino la "Revolución Bonita" en la que todos y cada uno de los venezolanos, y nuestros verdaderos amigos, tendrán un lugar.

 

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Embajada de la República Bolivariana de Venezuela en Canadá

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